lunes, 17 de septiembre de 2012

El Estado ya no pinta

El asalto al Estado



Los políticos ya no están
al timón del barco que
navega a toda velocidad.
—Jacques Attali
 
Dice Zygmunt Bauman que no es el Estado y ni siquiera su brazo ejecutivo el que está siendo socavado, erosionado, desangrado hasta su desaparición inminente sino la soberanía.
  Por extensión, podemos pensar que si bien el desvanecimiento del Estado en México se ha debido a una cultura de la impunidad muy arraigada (el incumplimiento de la ley, la permisividad en cuanto al lavado de dinero en las elecciones) también es cierto que esta caída moral y sociológica se encuadra en un contexto global: el surgimiento de poderes extraterritoriales que vuelan, flotan o navegan por el mundo sin que ningún Estado pueda cuestionarlos.
  A lo que se refiere el ensayista polaco 
—profesor  en la Universidad de Leeds, en Inglaterra, y en la de Varsovia, autor de La globalización. Consecuencias humanas— es al momento histórico que corresponde hoy al Estado tal y como lo veníamos concibiendo. Hay ahora una circunstancia que mina los cimientos más profundos de la soberanía y que no existía antes: la inclinación de ese Estado debilitado a ceder muchas de sus funciones y prerrogativas a los poderes impersonales del mercado. O en otras palabras: la rendición incondicional del Estado al chantaje con el que las fuerzas del mercado —legales o ilegales— contrarrestan las políticas que favorecen y por las que votan los ciudadanos.
  El contexto es el de un mundo en el que ya no tienen sentido ni repercusión las ideas, en el que en prácticamente todos los Estados se gobierna para favorecer a grupos de particulares: políticos y empresarios que se protegen dentro de la legalidad y contrabandistas que operan fuera de la ley pero patrocinan las campañas políticas.  
  Parece ser ése el panorama mundial en el que no pocos grupos financieros o industriales compiten con agrupaciones criminales rebasando la autoridad o el poder de los Estados. Hay también, por otra parte, riquezas individuales que son mayores que las de varios países juntos. 
  Somos contemporáneos de un espacio global en el que, en la visión de Manuel Castells, el poder fluye fuera de todo control y al margen de las instituciones, mientras la política sigue siendo tan local como siempre. El poder está más allá del alcance de la política.
   Hay un momento en que las empresas transnacionales escapan hacia un limbo que el Estado moderno ya no ocupa ni administra. Queda algo de Estado pero el Estado ya no está en las nuevas latitudes de la criminalidad financiera. Si antes había un lugar o un territorio con el que se asociaba al Estado, junto con su legalidad y su población, ahora ese lugar está en todas partes y en ninguna. Las grandes empresas comerciales o criminales se mueven en una “tierra de nadie”, como el espacio entre trincheras, y puedan saltar de una isla a otra, de un país a otro, de un paraíso fiscal a otro. En el juego del gato y el ratón el Estado gato termina por morderse la cola y arrinconarse a descansar.
  Según Masao Miyoshi el Estado nación ya no funciona: se lo han apropiado por completo las corporaciones transnacionales, que operan a distancia, ajenas, sólo fieles a los clubes exclusivos (de tenis o de martinis) de los que son miembros. En la nueva composición de poder mundial el Estado ya no cuenta tanto.
 

lunes, 10 de septiembre de 2012

Cosa juzgada






RES JUDICATA
                       
Alégale al ampáyer.
—Élmer Mendoza


¿Por qué “del Poder Judicial de la Federación”? ¿Qué se está tratando de enfatizar con ese complemento? También podría decirse la Suprema Corte de Justicia de la Nación del Poder Judicial de la Federación. O bien: el juez federal de Nogales, Sonora, del Poder Judicial de la Federación. El Juzgado de Distrito de Mexicali del Poder Judicial de la Federación. ¿Cuál es la idea? ¿Que no se vaya a creer que es del poder Ejecutivo de la Federación? Los policías son Poder Ejecutivo también. Los ministerios públicos. Los agentes de la Judicial o de la Procuraduría o “ministeriales” también son del poder Ejecutivo del Estado o de la Federación, como dice el Presidente de la República del Poder Ejecutivo de la Federación.
  Pero en fin. Peccata minuta. La historia es que los magistrados o jueces del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, que viven bajo muchísimas e intimidatorias presiones, son seres humanos y juzgan como Dios les da a entender. Tratan, como los ministros de la SCJN, de adivinarle el pensamiento al jefe de la tribu, es decir: al Presidente de la República. Así ha sido siempre y no se atreven a que sea de otra manera. Hasta es posible que tuvieran miedo de manifestarse en contra del nuevo y sospechoso establishment político. Y se entiende. Votar a favor de la impugnación no era nada fácil. Les temblaron las corvas. Además, muy humanos, también les interesaba conservar sus sueldos que seguramente no pueden andar debajo de los 200 mil mensuales (aunque se dice que llegan a embolsarse más de 300, algo así como mil dólares diarios). Lo cierto es que debieron haber devengado sus sueldos, con más trabajo, con más esmero, con más sentido del honor, con mejores argumentos.
  ¿Qué le vinieron a decir a las nuevas generaciones los 7 Magníficos del Poder Judicial de la Federación? Que todo se vale. Que se vale hacer trampa. ¿Qué le dicen a un joven mexicano que quiera dedicarse a la política? Que el que transa avanza. Que no está mal comprar votos. Que se vale aceptar dinero del narco.
  Ese es el mensaje de los magistrados a los jóvenes. Pero esos abogados no podían obrar de otra manera. Son producto el producto histórico de una sociedad que siempre ha sido manipulada por abogados, desde los tiempos de la Colonia española. Simplemente las leyes no se pueden cumplir en México.
  Estos incorruptibles e insobornables magistrados (que se han ganado ya un lugar en la Historia Nacional de la Infamia) avalaron el uso de tarjetas de prepago que se pagaron a Soriana y Monex con dinero de no se sabe de dónde. (Las tarjetas de prepago son las que se usan, sobre en Estados Unidos, para lavar dinero.) Le dijeron OK a la inclusión de franjas promocionales en “Noticieros Televisa”, en espacios supuestamente de carácter periodístico. Propaganda disfrazada de periodismo. Contratos con Televisa por debajo de la mesa. Ese fue el mensaje, subliminal o franco, descarado.
  El hecho es que su fallo es cosa juzgada. Nada contra la res judicata. Se ha conseguido armar, inapelablemente, la coartada de la legalidad.
 Un argumento llevado al absurdo es que en la sentencia la justicia siempre se hace. Es como el misterio de la transustanciación —se lee en la novela El contexto, de un autor siciliano que me está vedado citar— cuando el sacerdote celebra la misa y el pan y el vino se convierten en el cuerpo, el alma y la sangre de Jesucristo nuestro Señor.
  “Nunca, fíjese bien, nunca, puede ocurrir que la transustanciación no se produzca. Y lo mismo sucede con un juez cuando oficia la ley: la justicia no puede dejar de develarse, de transustanciarse, de manifestarse, de cumplirse.”
  Res judicata.
  Se completa el circuito de la legalidad, pero no el de la legitimidad.


                   


sábado, 8 de septiembre de 2012

La verdad momentánea


 Pruebas. Tráiganme pruebas.
Pruébenmelo. Me atengo a la
presunción de inocencia.
—Al Capone; Chicago, 1927


Desde la subjetividad de cada uno de nosotros se construyen diversas percepciones y no sólo es cierto que cada cabeza es un mundo: también es un cosmos de deseos, fantasías y creencias.
  Han sucedido en el país tres cosas terriblemente graves, pero a mucha gente —tal vez a la mayoría— no le parecen tan terribles. Hasta hacen chistes sobre la situación. La sociedad mexicana es inconmovible.
  1. Primero: me parece histórica y políticamente
muy grave —a futuro— que nadie en el Estado mexicano, ninguna entidad de las que tienen que ver con la administración de la justicia, con la investigación de los delitos que se persiguen de oficio (sin que la víctima asuma la carga de la prueba), se haya puesto a investigar en serio si en la campaña del PRI hubo dinero de la economía criminal. Le dieron largas al asunto. Las autoridades electorales del TEPJF, no sin descaro, dijeron que en todo caso la procedencia del dinero no afectaba el resultado de la elección. El dinero no tiene olor, como decía Horacio, pecunia non olet.
  En fin, las clásicas chicanas y marrullerías de los expertos abogados mexicanos ideadas para encubrir. ¿Que ya se nos había olvidado lo que es un abogado mexicano? Se llegó a simular una indagación de Soriana y de Monex un poco para taparle el ojo al macho, pero a nadie —a ningún funcionario honorable, con sentido del Estado— se le ocurrió investigar a fondo si en los gastos de campaña de Peña Nieto había aportaciones de los chicos malos.
  Como era de esperarse, se lavaron las manos.
  Y es que, en efecto, dirían los más cínicos, no había pruebas de laboratorio ni de ADN.
  En este torbellino de “opiniones frágiles, efímeras, movedizas y esquivas sólo supuestamente verdaderas”, como dice Zygmunt Bauman, uno sospecha que lo que deduce podría ser una locura, algo totalmente delirante e incomprobable. 
  2. La otra cosa no menos grave que no ven así la mayoría de la población ni el ejército de locutores que ejerce en todo el país —de Tijuana a Tapachula, gracias a la CIRT— es el problema del lavado de dinero: el flanco que no quiso atender Calderón en su lucha contra el mal.
  Para no todos es una desgracia que el lavado de dinero equivalga a avalar la sangre, el dolor, las torturas, las decapitaciones, los secuestros: el sufrimiento. En todo ello hay una gran complicidad y una enorme hipocresía por parte de los grandes consorcios financieros y los gobiernos de Washington y del Reino Unido. Porque lo saben y se callan. Lo permiten.
  Cómodamente, desde un escritorio, unos señoritos británicos deciden meter a la lavadora hasta 7,000 millones de dólares en México durante un lapso de cinco años como si el Estado mexicano no existiera. Sólo porque saltó el tema en alguna sesión de alguna comisión del Senado norteamericano se enteró “el gobierno del Presidente de la República” de que el blanco global del mundo, el muy imperialista HSBC, reconoció haber estado lavando los billetes sucios.  
  Ningún funcionario mexicano se murió de vergüenza.
  En otros tiempos, y en otra época en la que se tenía otro concepto del Estado y otra manera de vivirlo, es posible que a ese banco no se le hubiera permitido seguir operando en México. Pero para la Comisión Nacional Bancaria, presidida por funcionarios muy honorables y muy bien vestidos, la cosa no fue tan grave y se limitó a multar con unos treinta millones de dólares —una bicoca— al banco “global” que, para afrontar posibles multas en Capitol Hill, tiene guardados 700 millones de dólares previendo que lo van a multar hasta con mil. Tampoco estaba enterada esta inútil comisión bancaria, que preside un licenciado Babatz, de que la cadena de tiendas Wallmart también estaba en el negocito. Cuando lo supo se apresuró, de la noche a la mañana, a exonerarla.
  3. Televisa es gobierno. Ya está instalada, como una Reina, en Los Pinos. Sus programas parecen ya como transmitidos desde la casa presidencial. Este fenómeno de cómo un consorcio televisivo llega al poder sería de lo más interesante como tesis de “ciencias de la comunicación” de la Universidad Anáhuac. La colusión Peña Nieto-Televisa es digna del más rigurosos estudio por parte de sociólogos y comunicadores porque una maniobra tan maquiavélica y de tal envergadura nunca se ha dado en ninguna parte del mundo, ni siquiera en la Italia de Berlusconi. ¿Por qué sucedió esto que el IFE no quiso ver, como si no bastaran como evidencia las transmisiones mismas de propaganda a favor de Peña Nieto encubierta como “Noticieros Televisa” desde años atrás? ¿Qué no hay grabaciones de esos spots disimulados? Si las hay, pero los consejeros del IFE decidieron hacerse pendejos.
  ¿Por qué pudo suceder en México esta maniobra mediática de toma del poder? ¿Por qué sería imposible en la televisión británica o en la alemana? Tiene mucho que ver con la clase política mexicana y su descomposición.

* * *



martes, 21 de agosto de 2012

La criminalidad del poder


El jurista italiano Luigi Ferrajoli ha tenido la misma percepción de muchos otros habitantes del planeta Tierra: que nunca como ahora —principios del siglo XXI— entramos en una fase de la historia que bien podríamos reconocer como la era de la criminalidad, tal y como ancestralmente hubo una edad de piedra o una de bronce. La nuestra más que de la información hace honor a su tiempo y asume que el poder criminal se ha instalado ya en la política electoral, en los consorcios mediáticos (tipo Televisa), en las instituciones financieras y en la conformación misma del Estado.
  Uno de los efectos más perversos de la globalización, dice Ferrajoli, es el desarrollo de esta criminalidad internacional. Dice “criminalidad global” como cuando hablamos de globalización de la economía.
  Nacido en Florencia en 1941, Luigi Ferrajoli trabajó como juez entre 1967 y 1975, y es profesor de filosofía del derecho en la Universitâ degli Studi de Roma.
  La criminalidad que le preocupa es la que se ha beneficiado de los adelantos tecnológicos. Un sistema de comunicación militar, el internet que antes era un arma secreta de varios ejércitos (como el de Estados Unidos), está en todos los hogares y sirve también a las organizaciones criminales.
  Ferrajoli distingue tres formas de criminalidad del poder:
  1. La del crimen organizado (de delincuencia común, no de motivación política) como la mafia, la ‘Ndrangheta, la Camorra, y los grandes consorcios delincuenciales de Rusia y Japón. Y también la del terrorismo transnacional. La novedad es que esa criminalidad, que siempre ha existido, ha alcanzado un desarrollo transnacional y tiene ahora un peso financiero sin precedentes.
  2. La de los grandes poderes económicos: empresas trasnacionales, consorcios de televisión, corporaciones industriales, casas de servicios financieros, paraísos fiscales, transporte de mercancías por barco y avión, petróleo, “bancos globales del mundo” (HSBC, verbigratia) y casas de cambio, implicados en el lavado de dinero procedente de la economía criminal. O empresas como Soriana y Monex que en México disfrutan de impunidad y seguirán teniendo impunidad (como Moreira y Yarrington, y otros hampones) en el próximo sexenio.
  3. La criminalidad de los poderes públicos, el crimen de Estado, la tortura por parte de las fuerzas armadas policiacas y militares, la malversación de caudales públicos y la ”subversión desde arriba”. El hampa en el poder. 
  En otras palabras, esa criminalidad se explica porque la globalización es un vacío de derecho público —una ausencia de Estado, lo cual es lógico: no hay estados internacionales—, y específicamente de derecho penal internacional. Cada vez es más difícil distinguir  el confín entre esta criminalidad de los poderes económicos y los poderes abiertamente criminales de tipo mafioso.
  “No se trata de fenómenos criminales netamente distintos y separados, sino de mundos entrelazados, por las colusiones entre poderes criminales, poderes económicos y poderes institucionales, hechas de complicidades y de recíprocas instrumentalizaciones.”
  A esto se suma el declive de los Estados nacionales tal y como venían siendo en la historia y como lo ha razonado Zygmunt Bauman. El contexto mundial es otro. No se ha conseguido una jurisdicción universal del derecho penal, como propone el juez Baltazar Garzón, porque las nuevas formas de criminalidad transnacional son el efecto de una situación general de anomia, en un mundo confiado a la ley del más fuerte y en el que muchas empresas, por un lado, e individuos en lo particular por otro, son más ricos y poderosos que no pocos países.
  Hace treinta no existía esa composición de poder en el mundo. Es otra de las novedades de nuestro tiempo.
  

  


viernes, 3 de agosto de 2012

Oro de Cananea


Cuando algo es falso, cuando una cosa no es lo que parece, cuando un anillo es de cobre pero su portador lo presume como de oro, la sabiduría o la cruel ironía del sardónico sonorense le hace decir:
  —Sí, oro de Cananea.
  Porque lo único que hay en Cananea es cobre. Es como decir no me des gato por liebre. Y en eso estamos con lo de las minas de oro mexicanas. No nos pertenecen. Las regalamos, por el tradicional servilismo de los presidentes mexicanos ante los extranjeros. Para nosotros son como si fueran de cobre.
  Dice Nicolas Casey en un reportaje de The Wall Street Journal del 18 de julio, y firmado en Mescala, que en Los Filos, Guerrero, hay un yacimiento de oro del tamaño de un edificio y los periodistas mexicanos, en su dulce y dilatada siesta, no se han dado cuenta. De tal o cual mina en Sonora o en Zacatecas salen al año cientos de miles de lingotes. Qué chulada los mexicanos. Les encanta regalar sus riquezas. Basta controlar a un solo hombre: al Presidente de la República.
 El depósito subterráneo en las montañas de Guerrero es de unos 300 metros de profundidad y 150 metros de ancho. Según las mineras, podría tratarse de uno de los descubrimientos más concentrados en México de los últimos 50 años.
Es que es muy cara la inversión, no tenemos capital, dicen los Fox o los Calderón. Si dejamos que los canadienses se lleven todo el oro por lo menos abren fuentes de trabajo y nos pagan impuestos. Goldcorp pagó  218,5 millones de dólares en impuestos en 2011 sólo por su mina de Peñasquito, según la empresa.
  Todos contra México, pues. Que se lleven el oro, las piezas arqueológicas, los collares de obsidiana, los pericos, el petróleo. Que pongan ellos los bancos, que se lleven las ganancias a Bilbao y a Londres o a Montreal. Nosotros somos muy poca cosa. No podemos. Tenemos un problema: somos mexicanos. Ni siquiera somos capaces de organizar elecciones limpias. Y así el oro nuestro no alcanza a ser ni siquiera cobre. Es oro de Cananea.
  Entre las cosas interesantes que dijo el general colombiano Óscar Adolfo Naranjo cuando andaba buscando chamba, hace unas semanas en el programa de Carmen Aristegui, había una referida a las drogas y otra a las minas de oro. Dijo el general —que ya tiene quien le pague— que ahora las metanfetaminas y las drogas de laboratorio son mejor negocio que el de la cocaína. Porque las drogas sintéticas son más asépticas y más discretas de consumir incluso a la vista de todo el mundo, mientras que el pericazo tiene que ser en el baño de los restaurantes o de las discotecas. Pero contó algo más en su impecable español el colombiano. Muy elegante él, muy articulado, hablando como sólo puede hablar un colombiano. Reveló que ahora los narcotraficantes se están dedicando a la minería de oro, de manera informal y clandestina, sin permiso de los gobiernos. Porque el oro es lo que rifa ahora, más que la coca, más que las metanfetaminas, más que el lavado de dinero por la vía legal financiera que se permite en México.
  ¿Cuánto pesa un lingote? A saber. La onza pasó de valer 700 dólares en 2007 a 1,851 en 2012.
  La producción de oro en México, se incrementó 100 por ciento en lo que va del infausto sexenio de Felipe Calderón. Pasó de 43.7 toneladas en 2007 a 87 toneladas en 2011. El año pasado el país pasó a integrar la lista de los diez mayores productores de oro del mundo, extrayendo más de 86 toneladas del metal precioso, tres veces más que lo que producía hace diez años y más que otros pesos pesado de Sudamérica como Argentina y Chile.
  El único problema es que ese oro es mexicano pero no de México. Pertenece a empresas canadienses.
  Este año el yacimiento de Peñasquito, de la compañía Goldcorp, en Zacatecas, producirá 500 mil onzas de oro y así será la mayor mina de oro mexicana que no es de México.
  Dicen las foráneas empresas que lo que les atrae de México son sus leyes mineras porque les permiten que se queden con gran parte de las ganancias de sus inversiones. Bajo las leyes federales deben solicitar una concesión de derechos de minería al gobierno de México y operar a través de una empresa mexicana. Sin embargo, la compañía local puede pertenecer por entero a manos extranjeras. 
  Todo está preparado para quedar bien con el capital extranjero.


  


miércoles, 25 de julio de 2012

Tarjetas lavadólares







Estamos gobernados por una
minoría sostenida en el poder
por una masa enorme y corrupta
a la que tiene acceso todo
mexicano que esté dispuesto
 a hacer un favor con tal de
  que le hagan otros a cambio.

—Jorge Ibargüengoitia



No son un invento tan reciente las tarjetas de prepago o prepaid cards. Tienen varios años circulando, sobre todo en Estados Unidos, y suelen ser avaladas por Visa o MasterCard o prácticamente cualquier entidad bancaria, HSBC por ejemplo.
  Son conceptos distintos el dinero y la moneda metálica o de papel, el capital, el cheque, el traveller check, la tarjeta de crédito y de débito, y ahora la tarjeta prepagada que, por cierto, es al portador. No se necesita tener cuenta en el banco para adquirirla. Compañías como Wal-Mart la usan para pagar las nóminas de sus empleados y algunos gobiernos para prestaciones o como ayudas alimentarias.
  Muy orgullosos de su hallazgo se han sentido quienes la concibieron: las festinan como si hubieran inventado la hostia, porque sirve en efecto para muchas transacciones y es muy práctica, pero la verdad es que también han inventado uno de los instrumentos más expeditos para lavar dinero procedente de la economía criminal y para traspasarlo de Estados Unidos a México.
  Ya en mayo de 2011 un cable de Associated Press revelaba que los delincuentes de la droga ya no tenían por qué andar cargando pacas de billetes: Una alternativa más atractiva y menos riesgos para transferirlo de un país a otro “son las tarjetas prepagadas que disponen de bandas electrónicas y no necesitan estar vinculadas a una cuenta bancaria”.
  Las tarjetas han sido el medio preferido para pagarle a los burros de Tijuana, a los burreros del Altar y a los pushers de Los Ángeles y San Diego y también a los polleros que meten gente en Estados Unidos. Es una modalidad. John Tobo, alto funcionario del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, afirma: “Si los terroristas del 11 de septiembre hubieran usado tarjetas (prepagadas) para cubrir sus gastos, no se hubiera conseguido ninguna de sus huellas terroristas.”
  El departamento de Estado calcula que cada año los cárteles de la droga envían de Estados Unidos a México entre 19 mil y 39 mil millones de dólares que son blanqueados en el sistema financiero mexicano, como de hecho ha sido a través de HSBC. 
  Por lo menos tres miembros de una comisión del Senado encargada del “International Narcotics Control” insisten en que las tarjetas de prepago tienen que declararse en las aduanas como si fuera efectivo. Pasan muchos como Pedro por su casa sin pagar un impuesto. Cualquiera puede bajar en el aeropuerto Eldorado de Bogotá con cinco tarjetas en el bolsillo que son un cuarto de millón de dólares y que además se pueden recargar de manera remota.
  Se diría que hasta para eso fueron inventadas por los banqueros las tarjetas de prepago: justamente para facilitar el lavado de dinero. Tal vez a niveles muy altos del Estado, en el gobierno de México y en el de Washington, esté decidido dejar pasar el lavado de dinero. A lo mejor es ya constitucional de la economía y no pueden prescindir de él sin provocar una catástrofe. En Estados Unidos y en México. Es como si a un avión de cuatro motores, como aquellos Constellation de los años 50, se les quitara un motor.
  Estas informaciones son otros de los indicios que abonan la idea de que el combate al lavado de dinero no ha sido el fuerte del gobierno de Calderón en su lucha contra el crimen. Parece una política de Estado, como si temiera quitarle a la economía nacional una de sus cuatro patas (las otras son los ingresos por petróleo, la inversión extrajera directa y las remesas que mandan nuestros paisanos).
  En otras palabras: el gobierno de Calderón no ha querido  atacar el aspecto financiero del narco. Ha descuidado ese flanco. Se ha hecho de la vista gorda. Por razones que o son de Estado o son un misterio criminal en el sentido en que esta expresión se usa en la literatura de la novela policiaca.
  Ha habido una actuación tímida y muy pasiva
—acaso cómplice— por parte de la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de hacienda, como se ha visto en el caso del Hong Kong Shangai Banking Company (acusado de blanqueo en Estados Unidos) que muy pronto se dio cuenta de que en México el Estado ya no existe y obró en consecuencia.
  De ahí la conexión entre estas informaciones y las tarjetas que utilizó el PRI para comprar votos a través de Monex y Soriana. Qué raro que también sean tarjetas de prepago. ¿Quiere decir que el poder criminal ya está en nuestros procesos electorales y de conformación del Estado?
  Ése es el nuevo protagonista de nuestro espacio político: el poder criminal. Aunado a Televisa, a los empresarios, y a todos Dios, imagínese usted.

                       * * *

En recuerdo de
Jorge Legorreta, un hombre,
en el buen sentido de la
palabra, bueno.


 @Campbellobo
Palabras clave en Google: tarjetas prepago lavado dinero bancos. Cáiganse patrás.

domingo, 15 de julio de 2012

Y se hizo de mulas Pedro




 El mexicano, en materia política
nunca da la cara. Se mueve, cauteloso,
y lleno de recelo, como si aún se
enfrentara, con armas prohibidas
y voces en sordina, al
aparato represivo de la Colonia.
—Fernando Benítez, Los primeros mexicanos.


No es imposible que muchos de nuestros reflejos políticos hayan tenido su gestación social durante los tres siglos que duró la colonia española. En ese tramo de la historia cuajó lo que hasta ahora resulta el indescifrable ser del mexicano, sobre todo en relación con la polis, es decir, con lo político y la convivencia civil. No por nada para Juan Rulfo el siglo más importante de la historia de México es el XVI en el que se compuso en la práctica, asimilando la tradición del cacique prehispánico, la figura del encomendero.
  Fernando Benítez, en Los primeros mexicanos (editorial Era), alcanza a entrever esa ambigüedad propia de nuestro carácter pero también otras virtudes, como la ética de la reciprocidad. Cuando a uno le regalan algo hay que agradecerlo. Tenemos eso en común con Sicilia, la madre de una organización secreta de raigambre puramente siciliana: la mafia. El principio de su funcionalidad es la lealtad, el cumplimiento de la palabra empeñada, el voto del silencio, y el compromiso de devolver los favores.
  Esto lo ha entendido el PRI desde hace más de ochenta años. Y ahora, como nunca, lo puso en práctica. Movilizó sin límite de gastos (con recursos de procedencia incierta) a una cadena de supermercados coahuilense y a un banco de segundo piso (investigado por sus operaciones financieras sospechosas), para inducir la comprar del voto. No había que comprobar que uno había votado por el PRI. Se trataba de un pacto entre caballeros. Si tú me das mil pesos yo voto por el PRI. Te doy mi palabra. Es ésa la ética del agradecimiento que nos viene desde tiempos coloniales. Un reportero del semanario Zeta de Tijuana se coló en las oficinas del PRI en esa ciudad y vio cómo “unos señores de México” llegaron con portafolios repletos de billetes de 500 pesos y empezaron a repartir  dos, tres, cuatro o cinco billetes de 500 pesos. Lo que no se ha esclarecido —porque pertenece al reino de lo que no se habla— es de dónde procedía esa dinero. No hay erario de los 19 gobiernos estatales priístas que alcance para cubrir el abono de tantas tarjetas de prepago. ¿De dónde pues?
  “El PRI representa 71 años de confundir lo público con lo privado y de transformar la política en una variante de la criminalidad”, dice Juan Villoro. El antiguo partido oficial no se ha renovado: es el mismo de Humberto Moreira, Ulises Ruiz, Carlos Salinas, Manlio Fabio Beltrones, Emilio Gamboa, Mario Marín, Elba Esther Gordillo, los pillos de Atlacomulco, Tomás Yarrington, Montiel, y la casa Monex, que ahora más que nunca se beneficiarán de lo más apreciado en una toma del poder: la impunidad. El juego estaba hecho. Era una batalla perdida de antemano. Y todo en el contexto del Complejo Propagandístico Empresarial (con su cámara de la “industria” de la radio y la televisión) que aglutinó a todo Dios, a todos los poderes dominantes para la toma de Palacio.

      @Campbellobo